Con LIBRO todavía pegando pequeños botes sobre el cojín en el que segundos antes apoyaba las uñas de sus pies, pintadas de verde esmeralda, creyó estar viendo el vídeo ese famoso de Carla Brunni pero con consecuencias trágicas.

La ventana de enfrente, apenas sí se separaba seis metros de la suya, y con toda la claridad que permitía la luz de las velas que había prendido su, en breve difunto propietario, vio como Liz, la bilbaína, sajaba el cuello de Pepelu de dos tajazos, pegaba un pequeño brinco para alejarse, aproximadamente un metro de él, todavía blandiendo la navaja en su mano izquierda, al mismo tiempo que le chillaba, con total claridad: ¡mira cómo me has puesto el vestido, cerdo!.

Nadie sabe, ni siquiera Liz, si Pepelu escuchó ese justo reproche, entretenido como estaba intentando taponar con sus manos el boquete de su garganta para evitar que se perdiera para siempre, sobre la moqueta, aquel fluído rojo que recorría todo su organismo, llevando a cada uno de sus poros docenas de sustancias prohibidas y mezcladas. Una labor encomiable y con una buena finalidad, pero que no consiguió concluir con éxito aquel puerco.

La escena, no se parecía en nada a los otros cientos de escenas que Ara había visto en otros tantos cientos de películas. No tenía nada de cinematógrafica, quizá por carecer de la pantalla adecuada, y le recordó, más bien, a una estampa doméstica, de cocina, vulgar y corriente... a una maruja cortando jamón en su indubán o amasando croquetas con los restos del cocido del domingo a media tarde, porque en casa de la maruja, en domingo, ni cristo se levantaba temprano para velar por la protección de las almas que habitaban ese hipotético hogar de protección oficial.













